El hombre y el vagabundo Asarex

EL HOMBRE EL VAGABUNDO

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Este relato del hombre y el vagabundo.

Se forjó entre dos mundos diferentes, el primero en la pobreza se me come, y el segundo, veo tanto que no sé qué elegir. Hombre y vagabundo.

El hombre se llamaba Raimundo Suarez Mendoza, vivía en un pueblecito tan pequeño como inusual con su mujer y sus dos hijos varones, de seis y tres años. Trabajaba cuando podía conseguir faena o bien en una destartalada Fabricucha de arcillas, o por la comida, en el campo de algún conocido.

Lo solía hacer solo cuando estaba sereno, ya que los días de paga iba a la cantina y no se acordaba de ir a trabajar. Tan solo iba por casa para dormir la mona.

El hombre y el vagabundo eran tan pobres.

Que hasta los ratones pasaban hambre, su mujer, delgada como una esfinge. El mismo vestido que estrenó el día de su boda hace ocho años, lo más parecido a zapatos bajo sus ennegrecidos pies eran dos trozos de tela raídos. Los hijos con los pantalones más parcheados que una rueda vieja, para cinturón una cuerda y gracias a la caridad de las monjas del cole donde iban mal comían de vez en cuando.

Un día de los que allí, cuando llueve, hay que sacar la piragua. En la cantina, apareció un extranjero, de los que hacían las AMÉRICAS para hacer algo de fortuna, un emigrante. Como no tenían mucho que hacer empezaron la charla vaso a vaso, botella va y viene.

La lengua les tropezaba en los dientes, más al uno que al otro, y al extranjero se le ocurrió decir que en su país la vida era más fácil que allí, trabajaba el que quería, se ganaba un montón, bueno el paraíso en la tierra.

El hombre y el vagabundo Asarex

Oír esto y se despejo la borrachera de golpe.

Corrió a casa. Tropezones, caídas, arañazos, bueno. Cuando llegó parecía un cántaro con cabeza y piernas, la buena nueva no tardó en abrirle esos bonitos ojos a su mujer, cuando de pena se le volvieron a cerrar.

Le dijo RAI, no tenemos plata: yo la conseguiré. Lo hizo y emigraron, hicieron más escalas que estaciones tiene el vía crucis, los paisanos que ya estaban afincados por allí les echaron una mano.

Pasaron más de una década.

La vida familiar no había cambiado mucho, los hijos ya mayores, tenían idea de lo que pasaba, el borracho de su padre, solo causa problemas, por donde pisa deja huella, peleas, deudas, denuncias, despidos en el trabajo, todo lo que toca lo pudre; lo sensato el divorcio.

Aquel país de las maravillas, le dio las alas para poder volar alto, tanto subió que el sol las quemó, y cayó a un pozo sin fondo que si no hay una buena cuerda no podrás subir.

Por no soportar la vergüenza, cambio de ciudad. Las cosas no mejoraron. Cuando no eran la policía, eran los que lo increpaban, si se ponía a pedir en la calle, no le daban. Cuánta ansiedad, cuánta angustia, cuánta soledad, ya no sabía dónde ir a parar.

Así vagó, el hombre y el vagabundo.

Vago por las calles la friolera de siete largos años, cansado de pelear por su trago y por defender su pobreza, lo recogieron de las calles unas monjas, que trabajaban con una fundación de alcohólicos, le obligaron por principios católicos a dejar de beber, cuando verdaderamente lo consiguió, la salud le pasó la factura y lo embargó, llegando su despedida a la edad de cincuenta y tres años.  DESCANSA YA ERES LIBRE.

El alcoholismo es una enfermedad muy democrática igual la sufre el rico que el pobre y, en cualquier caso, te puede llevar a estar como raimundo.

SE PRUDENTE, QUE NINGUNA SITUACIÓN TE LLEVE A LA BEBIDA PARA SER ESCLAVO EL RESTO DE TU VIDA.

Fundación Dr. Valero Martínez -ASAREX-  

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2 comentarios en “EL HOMBRE EL VAGABUNDO”

  1. María José

    Nadie cree que le puede pasar. Sobre todo los jóvenes que lo ven imposible y cuando se dan cuenta lo han perdido todo

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